Prevención de la Dependencia desde la Administración

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Prevención de la Dependencia. La dependencia, depender de otra persona para realizar las actividades de la vida diaria, es la principal preocupación, causa de sufrimiento y de baja calidad de vida en las personas mayores. Su prevalencia aumenta con la edad y se relaciona con la presencia de enfermedad previa y estado de fragilidad del individuo. Se correlaciona con un aumento de morbilidad, mortalidad e institucionalización así como del consumo de recursos tanto sanitarios como sociales, todo lo cual conlleva un aumento del coste sanitario.

La prevención de la dependencia: el reto del s. XXI

En el siglo XXI, el envejecimiento se convertirá en un fenómeno en los países desarrollados. A medida que avance el nuevo siglo, nuestra sociedad deberá poder ofrecer un marco adecuado para personas cada vez más longevas, sin olvidar, al mismo tiempo, que es preciso garantizar la viabilidad social y económica en un mundo en proceso de
envejecimiento.
A pesar de que existen teorías contradictorias, el aumento de la esperanza de vida podría llevar asociado una mayor prevalencia de las patologías crónicas, degenerativas, y
en conjunto de pérdida de autonomía, simplemente por retrasar las consecuencias finales de las enfermedades pero no sus complicaciones. Es un hecho conocido que la autonomía funcional es fundamental para el autocuidado, la independencia en la comunidad y conservar una interacción social con el entorno satisfactoria, y su pérdida se ha asociado con mayor probabilidad de muerte, institucionalización y utilización de servicios sanitarios. A medida que aumenta la edad también lo hace el riesgo de pérdida de la autonomía lo que conlleva una dependencia de otras personas para realizar las actividades de la vida diaria. Así el 19,6% de las personas mayores de 65 años son dependientes en cuidados personales, teniendo un 5-6% una dependencia moderada y un 3% una dependencia severa, mientras que en la población entre 15 y 65 años la proporción de dependientes es de un 0,46.

Si utilizamos otros estudios poblacionales realizados en nuestro país, la cifra de personas de más de 65 años con dependencia severa estaría entorno al 9%. Los servicios sanitarios no han sido inmunes a estos cambios demográficos. En la actualidad el paciente tipo tiene más de 65 años, con más de una enfermedad crónica, con un modo diferente de manifestar la enfermedad y en alto riesgo de presentar dependencia. Las personas mayores de 65 años suponían en el año 2000 en torno al 35 % de las altas
hospitalarias y el 49% de las estancias en España, pese a significar el 17,1 % de la población. Se conoce que las tasas de ingresos se duplican para la población mayor de 65
años y se triplican en los mayores de 80 años. No obstante, la realidad de los estudios publicados nos dicen repetidamente que los mayores de 65 años ingresan más
adecuadamente y con patologías más graves en el hospital que otros grupos de edad y que, pese a que su estancia media es un 32% superior, el porcentaje de estancias
inadecuadas no se asocia a la edad. Por el contrario, cuando se analiza el motivo de las estancias hospitalarias inadecuadas en ancianos, menos de un 3% parecen debidas a
problemas sociales o falta de alternativas a la hospitalización. La mayoría de las estancias inadecuadas parecen estar en relación con problemas en la programación hospitalaria y con el proceso de cuidados médicos.

Por lo tanto un moderno sistema de atención de la salud, debería de reconocer a las personas mayores como sus principales usuarios, a la vez que garantizar la búsqueda activa de enfermedad, reconocer sus distintas y específicas manifestaciones, anticipar y posponer la posible dependencia, y disponer de la tecnología e información científica adecuada para estos fines. Esta reforma, debería realizarse sobre la base de una eficiente reubicación y cualificación de recursos, y ejecutarse mediante una progresiva implantación y que tenga como consecuencia la adaptación del sistema sanitario a las necesidades de la persona mayor.

Si bien parece necesario reforzar los dispositivos asistenciales para las personas gravemente dependientes, no se puede dejar en un segundo término los esfuerzos por
evitar o recuperar dicha dependencia. El objetivo prioritario de la atención a la dependencia no han de ser sólo las personas con dependencia ya establecida, sino también aquellas personas en situación de riesgo y con discapacidad reversible, por lo que las intervenciones que tengan como objetivo la actuación precoz, preventiva y rehabilitadora deben de tener un lugar preferente.

En conjunto, nuestra sociedad occidental ha evolucionado de una era de las enfermedades agudas hacia una era de enfermedades crónicas. Por tanto es necesario
buscar y desarrollar un modelo que abarque la continuidad de los cuidados personales (que conlleva no sólo una mayor necesidad de servicios curativos, sino también de servicios rehabilitadores, mantenedores de la funcionalidad, y asistenciales en un concepto más amplio: de prevención primaria, secundaria y terciaria).

 

Envejecimiento y fragilidad

Envejecer es trabajo de toda una vida, de tal forma que existen factores moduladores tempranos del desarrollo orgánico que pueden repercutir en el período último de existencia. Una de las características básicas de los seres vivos es su disposición para adecuarse a un entorno en constante transformación (adaptación). La característica biológica fundamental del envejecimiento se puede resumir como la pérdida de adaptabilidad de cualquier aparato u órgano a noxas externas e internas, debido a una disminución de la capacidad de reserva y a unos estímulos sensoriales disminuidos.

En un futuro modelo de atención a las personas mayores dependientes debemos de partir del reconocimiento de la población de personas mayores frágiles como una de las principales beneficiarias en los programas de atención a la dependencia, dirigiendo así las intervenciones no sólo a la protección de la dependencia, sino a prevenir o retrasar la aparición de ésta.

La fragilidad y las consecuencias que de ella se derivan modifican de un modo radical la aproximación sanitaria a la persona mayor. En la persona mayor la valoración clínica debe de tener en cuenta aspectos diferenciales que conforman las características de la enfermedad en la persona mayor:

  • pluripatología,
  • presentación atípica,
  • alta incidencia de complicaciones secundarias tanto de la enfermedad como del tratamiento empleado,
  • necesidad de rehabilitación para estimular la adaptación,
  • tendencia a la cronicidad e incapacidad e
  • importancia de factores ambientales y sociales en la recuperación.

Esta valoración clásica necesita ser complementada mediante determinados instrumentos y técnicas de diagnósticas específicas para la persona mayor y que se resumen en la llamada valoración geriátrica integral, que se operativiza en cada uno de las cinco dominios en que la función se divide:

Físico + Cognitivo + Afectivo + Social + Sensorial

Una valoración geriátrica integral es el proceso de identificar las personas con problemas médicos, psicosociales, funcionales y sociales con el objetivo de realizar un plan de cuidados y su posterior seguimiento.

Los propósitos de la valoración geriátrica integral son básicamente cuatro: describir, monitorizar, detectar  y predecir.

  • Descripción y monitorización. La descripción, sirve de punto de partida para el conocimiento del estado funcional de un individuo, así como los cambios.
  • Detección. Una máxima en la atención en la persona mayor es que todo trastorno puede expresarse como pérdida de función, y toda pérdida de función traduce un
    trastorno subyacente a evaluar. El curso de la pérdida funcional puede producirse según dos modelos diferenciados:

    • Catastrófico: tiene su origen en las complicaciones agudas de la enfermedad crónica, su incidencia disminuye con la edad y el control de los tradicionales factores de riesgo es una medida efectiva para posponer su inicio.
    • Diferenciado: es probablemente la expresión de la vía terminal común de los procesos de envejecimiento, su incidencia aumenta con la edad y las medidas orientadas a retardar la progresión del deterioro funcional son las que muestran una mayor efectividad.

Predicción. el nivel funcional es el principal agente predictor de supervivencia y de calidad de vida. Aunque la edad es un buen predictor de supervivencia y calidad de vida, cuando se ajusta por otras variables, entre ellas la función, cuanto mayor es la edad, mayor es la proporción del riesgo relativo de muerte explicado por causas distintas a la misma, y en consecuencia potencialmente susceptibles de intervención.

La realización de una valoración geriátrica integral precisa de un alto grado de formación y cualificación de los profesionales que la realizan. De hecho, es un instrumento que sólo se ha mostrado efectivo cuando los profesionales que intervienen poseen la especialización y experiencia apropiada en la atención sanitaria a las personas mayores.

Personas mayores ¿Tienen todas el mismo riesgo de dependencia?

Un corte transversal de población clasifica a las personas mayores en cuatro categorías:

• Sin deterioro funcional (A).
• Con discapacidad aguda en riesgo de ser establecida (B).
• Con discapacidad establecida potencialmente reversible (C).
• Con discapacidad establecida no reversible (D).

En el primer grupo, aquel de personas sin deterioro funcional, las principales líneas actuación irán encaminadas en un principio a la promoción de la salud, y prevención de la enfermedad y de sus secuelas, manteniendo el mayor grado de autonomía que le permita la integración social en su medio gozando de una calidad de vida satisfactoria con unos adecuados sistemas de apoyo. Mientras, que el segundo grupo (con discapacidad aguda en riesgo de ser establecida), las actuaciones primordiales son de prevención secundaria, siendo indispensable que previamente el sistema sea capaz de detectar esta población de riesgo para posteriormente desarrollar una cartera de servicios más adecuada a sus necesidades.

El beneficio potencial de una intervención, es mayor cuanto mayor es el nivel funcional de partida. Para cada nivel de partida, según el umbral de función considerado, las personas con discapacidad aguda tienen mayor probabilidad de ser trasladados a un hospital, bien por sus familiares, bien por indicación médica. De hecho aún en las condiciones de discapacidad basal más adversas (categorías C ó D), un 66% de los individuos utilizan el hospital en 2 años. De otra parte en el ámbito hospitalario la importancia de la función supera a la de la edad, la frecuencia de presentación atípica de enfermedad supera el 50% en los mayores de 75 años, existe un mayor riesgo de permanecer discapacitado si no se adoptan las medidas oportunas y las oportunidades de trabajar en equipo son abundantes. Parece pues lógico pensar que una
correcta valoración geriátrica integral hospitalaria es el punto de partida de una cadena de cuidados continuados cuyos eslabones son:

  1. la identificación de personas mayores frágiles,
  2. la actuación en la fase precoz del deterioro funcional y
  3. la planificación de cuidados y recursos posteriores ajustados al nivel de función.

Actuar en la fase precoz de la discapacidad, mantener el control hospitalario de las propias recomendaciones derivadas de la valoración geriátrica integral, establecer un seguimiento continuado de la fase postayuda y organizar la atención en torno a un equipo con la adecuada especialización, experiencia y motivación constituyen los principios básicos del diseño de un dispositivo asistencial eficiente para la persona mayor, y una de las principales formulas para prevenir y retrasar la dependencia.

 

Promoción de la salud y medicina preventiva en la persona mayor

Las actividades de promoción de la salud constituyen el conjunto de acciones interdisciplinarias que tratan de promover el estado óptimo de salud física, mental y social de
la población. En el caso de las personas mayores la meta es prevenir el declinar, la fragilidad y la dependencia evitables. Aunque de forma tradicional se ha entendido la
promoción de la salud como prevención de enfermedad, no parece particularmente útil unir estos conceptos en este sector de la población, dado que muchas veces las enfermedades ya están presentes, y además los objetivos primarios de incrementar la expectativa de vida se ven sustituidos por aquellos otros (mucho más relevantes en este caso) de reducir la tasa de deterioro funcional, prevenir la fragilidad y reducir la dependencia.

En este grupo de edad, por tanto , la promoción de la salud tendría como objetivo prevenir la aparición de enfermedades (físicas y mentales) y de sus secuelas, manteniendo el mayor grado de autonomía (por encima de los umbrales de dependencia) que le permita la integración social en su medio gozando de una calidad de vida satisfactoria con unos adecuados sistemas de apoyo.

Se envejece como se ha vivido

Una buena prevención debe comenzar en las etapas iniciales de la vida, controlando las enfermedades infecciosas con la inmunización, y continuar en la juventud y edad adulta evitando los hábitos tóxicos – y las conductas de riesgo que pueden ocasionar secuelas y ser el origen de dependencias que disminuyen la calidad de vida en la vejez y acortan su duración. Mientras que la máxima expectativa de vida está determinada genéticamente, la probabilidad de alcanzarla en buen estado de salud depende fundamentalmente de factores medioambientales y del estilo de vida. Las expectativas de vida a estas edades son todavía relevantes, como también lo es el riesgo de
que una parte no despreciable de la misma se viva con incapacidad. La mayor parte de las actuaciones preventivas en salud en el ámbito de las personas mayores están destinadas a mantener la autonomía personal, la capacidad funcional, en un nivel satisfactorio. Estas actuaciones, dirigidas a prevenir o retrasar la aparición de
enfermedad e incapacidad, se llevan a cabo tanto en el ámbito de la Atención Primaria como el hospitalario y residencial, y pueden estar diseñadas para ejercerse sobre individuos determinados – expuestos a unos determinados factores de riesgo o enfermedades – o sobre la población (programas de educación sanitaria, cambios en hábitos de vida, programas de intervención).

Como en cualquier otro grupo de edad, las actividades preventivas pueden clasificarse atendiendo a la fase de desarrollo/evolución de la enfermedad. Así, se distinguen tres tipos de prevención:

1) sólo está presente una condición precursora o un factor de riesgo (prevención primaria);

2) se detectan enfermedades cuando aún son asintomáticas evitando su progresión mediante el tratamiento (prevención secundaria); y

3) se interviene evitando el deterioro y las complicaciones una vez la enfermedad está en fase sintomática (prevención terciaria).

Sin embargo, cuando se está considerando la salud en las personas mayores, hay autores que dividen la fase de enfermedad sintomática en dos partes: la primera hace
referencia a la situación en que la enfermedad es sólo conocida por la persona mayor y no ha sido puesta en conocimiento del servicio de salud; en la segunda el servicio de salud ya conoce la existencia de la enfermedad.

Tipos de actividades preventivas en personas mayores

Desde un punto de vista clínico, y de una forma muy general se pueden recomendar las siguientes actuaciones para prevenir la enfermedad y la dependencia en la persona mayor:

• Se recomienda el abandono del tabaco, la practica regular de ejercicio físico y mantener una nutrición adecuada.
• Evitar accidentes, caídas y lesiones en la piel.
• Revisar periódicamente el estado sensorial -visión , audición,- dentadura, presión arterial, y, en circunstancias particulares, glucemia, colesterolemia, tiroides, continencia y estado cognitivo.
• Se recomienda la vacunación antigripal de forma generalizada y la antitetánica y antineumocócica en situaciones concretas.
• La antiagregación con ácido acetilsalicílico en prevención primaria y secundaria de la enfermedad coronaria, así como la anticoagulación en fibrilación auricular no valvular en la prevención del ictus son prácticas ampliamente recomendadas, aunque ésta ultima con las precauciones propias de la anticoagulación en las personas mayores.
• Para prevenir las fracturas, la administración de calcio y vitamina D3 se debe indicar en mujeres con expectativas de vida superiores a cinco años y con una aceptable situación funcional; el uso de bifosfonatos, y más aún el de la terapia hormonal sustitutiva, requiere una cuidadosa evaluación de la relación riesgo/beneficio.
• En la prevención de patología tumoral, no existe clara evidencia del beneficio de realizar cribados por encima de los 75 años. El cáncer colorectal y el de mama son los únicos en los que cabe recomendar dicho tipo de prácticas de manera rutinaria.

 

Prevención de la dependencia en la persona mayor ocn enfermedad aguda en riesgo de incapacidad

La presencia de un proceso agudo, o lo que es más frecuente en la persona mayor, la reagudización de la patología crónica de base, implican un aumento notable en el riesgo dedependencia. En muchos casos, la enfermedad aguda es el desencadenante de la incapacidad de las personas mayores, y muy especialmente en un subgrupo de ellos: los más frágiles. Es el grupo de personas mayores frágiles el que con más frecuencia necesita de atención en el hospital. La atención de la persona mayor frágil en el hospital, desde el punto de vista de la actuación sanitaria, representa un reto para el profesional responsable de la misma, por las especiales características, antes comentadas, que la enfermedad reviste en ellos. La prevalencia de deterioro funcional en los pacientes mayores de 75 años ingresados se acerca al 50%, y se incrementa de forma notable en edades superiores. A esta consideración se une que durante el ingreso hospitalario entre el 30 y el 50% empeoran o se deterioran en situación funcional. La relación dependencia funcional/hospitalización es multidireccional. La existencia de dependencia funcional es un factor de riesgo de hospitalización y, a la vez, la hospitalización lo es para el deterioro funcional, especialmente en los sujetos que presentaban algún grado de deterioro previo a la hospitalización. Así, existe una clara relación entre el deterioro funcional y el ingreso hospitalario siendo tanto causa como consecuencia.

La dependencia en actividades básicas de la vida diaria ha mostrado capacidad para predecir la institucionalización, los cuidados domiciliarios, el uso de recursos hospitalarios, la necesidad de arreglos de vivienda, el uso de servicios médicos y la mortalidad. De hecho la utilización de servicios sanitarios por las personas mayores guarda más relación con su estado funcional y físico que con su situación económica, comorbilidad o características demográficas.

El deterioro funcional originado durante la hospitalización representa un cambio significativo en la calidad de vida para el paciente y sus cuidadores, y tiene también consecuencias sobre el sistema de salud que le asiste. Las principales causas de pérdida de la autonomía en las personas mayores son aquellas derivadas de procesos con necesidad de hospitalización. En muchos casos, el resultado al alta es el de una persona con más necesidades para realizar las actividades de la vida diaria y una familia desbordada y confusa ante la nueva situación, lo que en ocasiones genera una demanda de institucionalización o en su defecto de ayuda social comunitaria. Una parte de esta demanda podría ser evitada instaurando las estrategias preventivas y terapéuticas adecuadas. El riesgo de deterioro funcional de un paciente durante la  hospitalización depende de tres factores:

1) de su reserva fisiológica;

2) de la enfermedad que origina el ingreso en sí y

3) del proceso de atención a la enfermedad aguda, habitualmente hospitalario.

El origen del deterioro funcional durante el ingreso es, por tanto, multifactorial. Con ser importantes los dos primeros factores considerados, el que resulta crucial en el
desarrollo de incapacidad durante la hospitalización por enfermedad aguda y el que ofrece mayores posibilidades de intervención es el propio proceso asistencial. Se debe tener en cuenta que el objetivo de cualquiera de nuestras actuaciones en estos pacientes debe ir dirigido al mantenimiento de la calidad de vida más que a la disminución de la mortalidad, en especial si ésta se acompaña de un incremento de la morbilidad y de la dependencia funcional. Por desgracia el efecto de los diferentes tratamientos sobre la capacidad funcional no es uno de los resultados que se analizan habitualmente en los ensayos clínicos. Algunos datos permiten ilustrar estas afirmaciones. Se han descrito complicaciones hasta en el 40% de los pacientes mayores de 75 años ingresados Esta tasa es más notoria cuanto peor es la situación funcional previa del paciente.
Por todo ello, aunque las medidas de prevención primaria son las responsables de la mejora de calidad de vida en el conjunto de la población, en la persona mayor, y de modo muy particular en el anciano frágil, una atención adecuada y por personal cualificado de la enfermedad aguda en el hospital influye de forma notable en comprimir los años de vida con discapacidad.

Existen evidencias de que una atención a las personas mayores en unidades específicas hospitalarias de manejo de la enfermedad aguda, basada en la valoración integral por personal especializado y en un plan de actuación centrado en la función es capaz de lograr objetivos relevantes para la mejora de la salud del anciano frágil, tanto en términos de estado funcional e institucionalización al alta, mortalidad, estancia media y reingresos.

 

La asistencia sanitaria a la persona mayor con incapacidad establecida potencialmente reversible

Las causas de deterioro funcional en una persona mayor pueden ser múltiples, acumulativas e interactivas. Por un lado, es en este grupo de población dónde con más frecuencia inciden patologías agudas que son causa importante de discapacidad y de mortalidad, además de conducir en un porcentaje no desdeñable de casos a la institucionalización. Por otro lado, la enfermedad en general, no solo la directamente incapacitante, junto al propio proceso asistencial puede condicionar la aparición de incapacidad. Dos son las patologías principales causantes de discapacidad: el accidente cerebrovascular y la fractura de cadera.

Los accidentes cerebrovasculares son muy frecuentes en este grupo de población, Y aunque en casi un tercio de los pacientes no origina inicialmente discapacidad en
actividades de la vida diaria, en más del 50% de los supervivientes determina cierto grado de discapacidad.

La fractura de cadera es una causa frecuente de discapacidad: de un 40% a un 60% de los pacientes pierden capacidad para deambular y de un 55% a un 75% pierden capacidad para realizar algunas actividades de la vida diaria, por lo que puede ser causa de institucionalización, con una mortalidad a los 3 meses entre un 5 y un 24%.
No todos los pacientes que presentan un deterioro funcional se van a beneficiar de un tratamiento rehabilitador. Deterioros funcionales y/o cognitivos severos previos al ingreso, así como determinados factores pronósticos negativos pueden contraindicar un tratamiento rehabilitador.

Las formas organizativas de la atención a la persona mayor con discapacidad potencialmente reversible que se han mostrado efectivas son aquellas estructuradas en
torno aun equipo interdisciplinar que actúa mediante instrumentos específicos de valoración y que posee formación especializada en la atención sanitaria a la persona mayor.

 

Atención a la persona mayor basada en la evidencia

Actualmente cualquier toma de decisiones sobre grupos de pacientes o poblaciones debe estar basado en la evidencia científica, es decir se debe de evolucionar del “hacer las cosas correctamente” hacia el “hacer correctamente las cosas correctas” y de esta forma aumentar la razón entre beneficio y daño. Un enfoque dirigido a la prevención y rehabilitación de la dependencia, a través de un proceso asistencial que integre tanto la valoración como la atención desde una perspectiva global e interdisciplinaria, debe consolidarse en nuestro Sistema de Salud a medida que una buena parte de sus componentes esenciales muestran su efectividad en estudios científicos fiables.

Estas “evidencias”, derivadas de ensayos clínicos sugieren que las organizaciones que buscan mejorar la salud, que en el caso de las personas mayores deberían abordar:

• El espectro completo de las necesidades de salud las personas mayores, desde la prevención hasta una muerte digna.
• La capacidad de los proveedores actuales para cubrir dichas necesidades.
• Todos los marcos de atención en que las personas mayores reciben los cuidados.
• El conjunto completo de innovaciones exitosas descritas como efectivas en estudios fiables.

A la hora de planificar cualquier actuación asistencial, deberíamos precisar a qué tipo de usuario y cuáles son las medidas que tienen mayor evidencia científica. Por ello es preciso clasificar a las personas mayores en las diferentes categorías. Cada uno de ellos va a necesitar distinta atención e intensidad de cuidados. Los sistemas asistenciales que están demostrando su efectividad, se basan en la selección, valoración y gestión de casos pero solo como partes de un sistema integrado, aspecto que parece ser un factor fundamental para su éxito. En la actualidad ya se dispone de suficiente evidencia para poder afirmar que existen diferencias en los resultados conseguidos en el
tratamiento de pacientes mayores de características concretas entre las distintas especialidades médicas, entre los distintos tipos de centros y entre distintos servicios.
Por tanto, las decisiones relativas a la organización de los Sistemas de Salud no son banales, en atención a las consecuencias que de dicha organización se derivan tanto para el paciente como para el propio Sistema, y deberían ser cuidadosamente sopesadas en función de su eficacia diferencial. Este acercamiento al problema, que hace posible la planificación basada en la evidencia, está especialmente indicado cuando se plantea una diversificación de los sistemas de atención.

Por último, pero no por ello menos importante es tener en cuenta que las personas mayores pueden tener necesidades cambiantes, por lo que es preciso que exista una evaluación frecuente y una oferta adecuada de recursos para poder ofrecer el servicio más conveniente a cada usuario según las necesidades de cada momento.

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